Despertador

La sábana cubría toda su cara, la comodidad de su habitación  la arrullaba placenteramente y ese  jueves 10 de octubre se levantó muy tarde, el rin rín del despertador sonó a las 4 de la mañana pero, el cansancio que por esos días la invadía  gracias a la gran cantidad de trabajo acumulado, no le permitía escuchar el ensordecedor sonido.

Su despertar apurado gracias  Matilde, una madre protectora y un poco enferma por su avanzada  edad, la llevaron a la ducha aun con los ojos cerrados.  Sin darse cuenta abrió la llave sin haber encendido el calentador; ahora, si estaba despierta y pudo ver que su  retraso superaba las dos horas, tiempo valioso para la compañía, en su afán por salir de casa, se cambió sin fijarse que llevaba puesta una camisa amarilla y un pantalón  verde, aunque Matilde intento advertirla, fue imposible que le escuchara.

Tomo el autobús equivocado y  por en el furor de esa hora y la cantidad de personas dentro del sistema de transporte, pasó inadvertida dicha situación, después de 35 minutos  viajando en dirección contraria a su empresa, nota que está en los límites de la ciudad, angustiada se levanta de la silla y grita al conductor que se detenga.  Miro en todas las direcciones buscando una nueva ruta que la regresara lo más pronto y cumplir con la reunión que estaba programada,  observo un vehículo de servicio publicó y por un momento se alegró, cada segundo que pasaba este se acercaba más y nuevamente la preocupación regresaba,  no la llevaría a su destino.

Decidió avanzar caminando deseando que alguien la llevara, cuando ya se sentía derrotada se rindió y aceptó que ese día no llegaría a tiempo; entonces, un sujeto se detiene y ofrece llevarla, un poco prevenida lo observó y se negó, pero ante la insistencia terminó en el asiento del acompañante, agradeció a Dios por enviar a este joven que ahora tenía junto a ella y que además de llevarla le parecía sumamente atractivo, vestía muy elegante y su vehículo era de  sueños.

La mañana siguiente no escuchó el despertador y tampoco el angustioso y enojado llamado de su madre, lentamente abrió sus ojos, su cuello cuidadosamente inmovilizado una de sus piernas amputadas y media cabeza rasurada  la mantenían en una camilla de hospital. Más asustada que la mañana en que se levantó tarde, pregunto:

¿Qué me ha pasado?

¿Dónde está mi familia?

“Tengo que regresar a mi trabajo, de lo contrario lo perderé” gritaba, sin recibir respuesta ni atención por parte de los médicos o enfermeros de la clínica, fue tanto su esfuerzo llamando que en tan solo 3 minutos sufrió disfonía, una enfermera se acercó y mientras le tomaba unas muestras de sangre, al verla llorar,  le informó que llevaba 12 días inconsciente y hospitalizada, pero eso no fue lo que la dejo atónita, pues la enfermera hablaba portugués.

Por: felipe mendoza

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